Hay historias que no se eligen… simplemente aparecen.
Y la mía empezó cuando tenía ocho años.
Recuerdo que iba a la escuela y surgió la oportunidad de estudiar música en la Escuela Infantil de Iniciación Musical. Mis padres me acompañaron a la prueba, y la verdad es que me fue muy bien. En ese momento, cuando me preguntaron qué instrumento quería tocar, no dudé: elegí el acordeón a piano. Tenía como referente a un tío que lo tocaba, y para mí era natural seguir ese camino.
Pero la vida tenía otros planes.
Un profesor de violín se acercó a mis padres y les dijo que yo tenía condiciones, que había algo especial. Les propuso que probara con el violín. Me acuerdo que me explicaron que era un instrumento más liviano, más práctico… y acepté.
No sabía en ese momento que estaba conociendo lo que sería mi primer amor.
Cuando tuve el violín en mis manos, algo pasó.
Me enamoré de su sonido.
Fueron años muy lindos, entre los 8 y los 12. Aprendí no solo a tocar, sino también a entender la música, a sentirla. Era un mundo nuevo que se abría frente a mí.
Pero como a muchos, me pasó algo.
Los amigos del barrio, el entorno… me empezaron a decir que tenía que hacer otras cosas, que el violín no era para mí. Y casi sin darme cuenta, ese amor que había descubierto lo guardé. Literalmente.
Guardé el violín en su estuche.
El tiempo pasó.
Y la vida, que a veces tiene formas muy curiosas de acomodar las cosas, me volvió a cruzar con la música. Conocí a Miguel, un violinista de verdad, disciplinado, constante. Él fue clave en ese momento.
Volví a tocar.
Volví a estudiar.
Volví a sentir.
Empecé a tomar clases, a integrarme en grupos, a crecer de a poco. Y con el apoyo de mi familia y de quienes creyeron en mí, a los 20 años llegué a la Filarmónica Municipal. Era joven, era una oportunidad enorme, aunque no fuera algo estable.
Y ahí apareció otra realidad: la necesidad de trabajar.
Entré a trabajar, primero en una empresa multinacional, después en la Cooperativa Bancaria. Tenía estabilidad, horarios, seguridad. Pero el violín seguía ahí.
Siempre estuvo.
Tocaba cuando podía, estudiaba cuando encontraba el momento. Era como vivir entre dos mundos.
Hasta que llegó el momento de decidir.
En 2007, después de muchos años, sentí algo muy claro: el violín me estaba llamando.
No fue fácil.
Dejar un trabajo estable nunca lo es.
Muchos me dijeron que estaba loco. Que no era el momento. Que era un riesgo demasiado grande.
Pero hay decisiones que no pasan por la lógica.
Pasan por lo que uno siente.
Y decidí hacerlo.
Dejé todo y cambié completamente de vida. Mi oficina dejó de ser un escritorio. Pasó a ser el mundo. La música. Los escenarios. La gente.
Y desde ese momento, no paré.
Crecí, trabajé, viajé, llevé el violín a distintos lugares. Y cuando llegó la pandemia, lejos de frenar, encontré nuevas formas. Toqué para mis vecinos, compartí mi música, seguí adelante.
Nunca dejé de moverme.
Hoy, mirando hacia atrás, entiendo algo que me gusta compartir:
No hay edad para empezar.
Hay actitud para aprender.
Todos tenemos algo que nos llama.
Algo que, en algún momento, dejamos guardado.
Yo lo guardé en un estuche.
Pero un día decidí abrirlo de nuevo.
Y ahí estaba, esperándome.
Mi primer amor.